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A continuación presentamos algunas publicaciones de nuestros miembros en Narrativa, Prosa, Poesía y Ensayo


¿ESTAMOS COMPLETAMENTE CIEGOS ? ©

Por Sergio Nogues

Hace tiempo me informaron que una persona llamada Fella, a la cual conocí cuando yo era joven, se había quedado ciega. De momento fue un gran impacto para mí, pero no acepté  que esa condición física pudiera privarla de ninguna de sus cualidades. El no poder ver físicamente, no le quitaba ni por un momento todo el amor que ella reflejaba.

Busqué en un diccionario la definición de la palabra “ceguera” y encontré que decía: “Pérdida de la visión” y al buscar el significado de la palabra “visión”, encontré que significaba: “acción de ver”.

Tratando de profundizar más sobre este tema, pude encontrar que la palabra “ver” también significa: “observar, examinar, comprender”.

El  llegar a “comprender” que en la vida lo mejor es poder expresar amor a todo lo que nos rodea, es algo que no se puede perder y ese amor que Fella expresaba, nada podía interrumpirlo.

Busqué en un diccionario la definición de la palabra “ciego”  y encontré que decía que “caminar a ciegas” significaba “sin reflexionar”.

Existen personas que, aunque físicamente pueden ver, se encuentran a ciegas en alguna situación, por lo tanto, ante la situación de haber perdido el sentido de la vista, no podemos pensar que eso significa que nos hemos quedado privados de la capacidad de pensar y de la capacidad de reflexionar.

Si una persona ha perdido su sentido de la vista puede hacerse la siguiente     pregunta:  ¿Estoy completamente ciego, completamente incapacitado?  El haber quedado ciego no significa que la vida se  ha paralizado, que ya nada tiene solución, que no existe una razón para vivir, pues eso es solo una limitación y no el fin de la vida.

Esta situación es solo un obstáculo en la vida, el cual se puede superar y siempre encontraremos que hay muchas cosas que podemos realizar sin necesitar el sentido de la vista, utilizando los otros sentidos que tenemos.

Existen cinco sentidos que son: La vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Por medio de estos sentidos podemos deleitarnos de muchas cosas de la vida. Por ejemplo:   podemos disfrutar de una hermosa melodía, del sonido de las olas al sentarnos frente al mar, del canto de los pájaros, de lo que nos dicen nuestros seres queridos. Con nuestras manos y brazos podemos abrazar a un ser querido, a una mascota. Cuando alguien se encuentra cocinando sentimos un olor delicioso y al comerlo, lo disfrutamos mucho. También podemos disfrutar del olor de un perfume, de una flor, de la hierba, de la brisa del mar.

A través de los años siempre recuerdo el amor que Fella me expresó cuando la conocí. El verdadero amor es algo que no se puede limitar, no se puede detener, pues cada día que pasa aumenta su volumen. Cuando vemos un lago completamente quieto y tiramos una piedra, observamos que comienza un movimiento en el agua en forma de ondas, formando círculos, que cada vez se amplían más. Igualmente ocurre con el amor que una persona expresa, como el caso de Fella.

En una ocasión, observé en la televisión un reportaje que hicieron a unas personas que eran ciegas y les gustaba jugar el balompié, pero el haberse quedado ciego, no fue un obstáculo para que pudieran practica el deporte, fue solamente un limitación, pues inventaron un sistema para poder realizar su sueño. Tomaron una pelota y le pusieron cascabeles en su interior. Por el sonido que ofrecía la pelota al moverse, podían saber donde se encontraba la pelota y así jugaban, sin limitarse a disfrutar de ese deporte.

Aunque esas personas no podían ver físicamente,  esa condición no los limitaba a disfrutar de algo que ellos deseaban. Superaban el desafío que estaban enfrentando  y ante este ejemplo podemos hacernos la pregunta:   ¿Estamos completamente ciegos?

EL COLLAR DEL PERRO ESPÍA©

Por Madeleine de Cubas

Siempre fuimos un trío: un hombre, un perro y su collar, que aparte de ser inseparables, no teníamos otra característica que llamara la atención. Sin embargo, no éramos un trío usual. El amo era un espía que creaba poemas eróticos para las muchas mujeres con las que compartía su cama. El perro también era espía, y además de poseer un sexto sentido, hablaba. Esto, les aseguro que no es ficción porque yo mismo era su voz.

Sí, soy un collar de perro, pero no un collar cualquiera.  Charles Bond, un afamado espía británico, Charlie para sus íntimos, me mandó a fabricar para Trueno, su fiel acompañante, un Labrador de pelo color caramelo y patas ligeras, el animal más inteligente que he conocido.  No quiero parecer presuntuoso cuando insisto en que fui hecho de cuero muy fino, con sumo cuidado y detalles, aunque estoy ya desgastado por el uso y el trajín del tiempo.  Aún conservo los tachones de plata con que me adornaron que refulgían como diamantes, pero cuyo valor radicaba solo en su extrema sensibilidad.  Eran micrograbadoras de diseño tan impecable, que captaban hasta los murmullos y rara vez suscitaron sospechas.

Los tres viajábamos de un lugar a otro y asistíamos a congresos con presidentes, jefes de gobierno, líderes mundiales, jeques árabes e intercambiábamos información clave con nuestros numerosos contactos. Parece insólito, pero teníamos acceso a las Embajadas de muchos países e inclusive a la Casa Blanca.  En algunas partes la admisión no era fácil, nos hacían preguntas y chequeos rigurosos, y solo tras largas explicaciones, nos permitían la entrada.  Sorteábamos peligros y apuros inimaginables, pero hasta para las mentes más suspicaces era difícil sospechar que ese can bondadoso y apacible, que se echaba en las reuniones a los pies de su amo, podía relatar con minuciosos detalles todo lo que allí se hablaba.

Mi único amor ha sido Trueno. Yo, en las cosas del querer no soy experto como lo son Charlie y él, pero me siento tan orgulloso de haber vivido en su compañía y compartido sus aventuras.  Solo deseo que cuando Trueno muera me entierren con él, lo mismo que hacían los egipcios con las esposas del faraón.

Mi dueño me lleva al cuello desde que tenía dos años, y allí sigo luego de diez, pegado a su piel como una lapa, para identificar sus señas. Es que Trueno aún conserva rasgos de su intrépida profesión, y aunque ahora camina con aire fatigado y solo persigue mariposas, se resiste a aceptar que es un vejete retirado.  Durante la primavera, a menudo se escapa en mi compañía, y al contacto del aire fresco recupera los bríos de sus años mozos. Corre libre por la campiña, y yo, confiado y fiel galopo abrazado a su cuello. Al pie de la ladera toma un poco de aliento, y luego trepa jadeante hasta llegar a la cima. Una vez allí, nos deslizamos veloces al impulso del viento. Claro, es nuestro ritual, siempre y cuando no llueva.
Vivimos en un pueblo pequeño del país de Gales, en una casa preciosa, rodeada de jardines, situada en un campo verde que en la primavera se llena de flores fragantes y coloridas.  Es un lugar algo aislado, hay pocas viviendas en el vecindario.  La casa fue un regalo de Charlie a su querida Candy, nuestra nueva ama hace ya cinco años.  Siempre soñaron con retirarse allí.

Charlie tenía cuarenta y cinco años cuando se conocieron en el apogeo de sus respectivas carreras. Ella una americana de treinta y cinco, tenía ya en su haber una colección versátil e interesantísima de amantes. Los prefería casados, pues eran los más discretos.
─No deseo compromisos.  Necesito espacio para mí ─afirmaba.
Candy tenía una personalidad muy atrayente y un físico espléndido, a pesar de los años de fatigosa experiencia y el tantito de vapuleo de su ritmo de vida. Imagino que fue lo que cautivó a Charlie. Trueno y yo también nos enamoramos de ella desde la primera vez que la vimos.  Nos gustaba su olor a flores, su risa fácil y el brillo que iluminaba su mirada cuando estaba con nuestro amo.

Debo decir que antes de conocer a Charlie, ella cobraba por el privilegio de su compañía.  Sin embargo, cosa curiosa, no se consideraba una prostituta. Jamás aceptaba dinero contante y sonante por tener sexo.  Le hubiera parecido una ofensa imperdonable.
─No, no soy una mujer fácil ─exclamaba oronda. Y la verdad, no lo era. Quienes aspiraban al disfrute de sus afrodisíacas delicias eran seleccionados con atención, y pese a ser hombres poderosos y cultos, de refinados modales y con cuentas bancarias de ocho dígitos, atravesaban meses de larga espera. Presumo que era como ganarse el premio mayor o un trofeo de grandes ligas. Cuando por fin tenían acceso exclusivo a ella, Candy ya había obtenido de ellos viajes, joyas, flamantes autos, el título de un piso en el mejor sitio de la ciudad, muebles y obras de arte.

Como era una viajera incansable, con la rapidez que llegaba se volvía humo y lo mismo se establecía en París, en Londres, en Nueva York, Buenos Aires o Bogotá, según adonde la llevara la marea de sus intereses.
En Washington alcanzó la cúspide de su carrera cuando llegó a ser la amante del mismísimo Presidente de los Estados Unidos.  Entonces, sus ambiciones cambiaron.  Deseaba ser la Primera Dama del país más poderoso del mundo. Pero esa vez la varita mágica de sus cálculos no funcionó.

Una noche en una de esas veladas en las que ya se aburría, se topó por azar con Charlie…, y el resto fue historia.  Bajo el embrujo de sus besos y de los poemas que le susurró, olvidada quedó su cadena de hombres, el Presidente, y sus ingenuos deseos de convertirse en su esposa. Todo desapareció sin dejar huella, ni tan siquiera las digitales. ¡Chapeau! Qué habilidad la de Charlie, hasta yo me hubiera quitado el sombrero si lo hubiera tenido.

La llegada de Candy revolucionó nuestras vidas.  Los hábitos de nuestro amo cambiaron.  En las mañanas temprano, solíamos ir a correr.  En cuanto Trueno veía que Charlie se calzaba sus tenis, iba disparado a buscar la traílla, se la ponía en la trompa y lo esperaba anhelante cerca a la puerta. Unos minutos después salíamos raudos.
Esta rutina cambió los fines de semana que pernoctábamos en casa de Candy. Ella nos recibía con gran alborozo, siempre linda y sonriente y en cuanto pasábamos el umbral de la puerta le saltaba al cuello a Charlie para besarlo, y se le colgaba a horcajadas. Él la llevaba hasta el sofá de la sala, y una vez allí, también Trueno aprovechaba para demostrarle su afecto con lengüetazos en su cara y sus manos.

En las mañanas soleadas de los domingos, Trueno y yo, con la correa ya puesta, esperábamos pacientes al pie de la cama a que la pareja hiciera su gimnasia: esa clase de malabares incomprensibles y movimientos extraños con que se suelen ejercitar los humanos.  Algunas veces los aeróbicos se prolongaban y nosotros veíamos desde nuestro lugar en el suelo un remolino de brazos y piernas, que se mezclaban con gemidos estrafalarios.  La escena duraba hasta que Trueno, fastidiado, se enderezaba y emitía sus propios quejidos guturales. Solo de esa manera notaban entre carcajadas nuestra olvidada presencia.

La relación cobró intensidad y los celos de Charlie crecieron en proporción al desapego de Candy por el Presidente.  A pesar de que ella a menudo lo evitaba o lo recibía con actitud helada, deshacerse del asedio de un hombre tan importante no era fácil.  Pronto, él se dio cuenta de que había sido desplazado por otro en la vida de su favorita, y le advirtió rotundo:
─Ya sabré con quién me engañas. Entonces, no será raro que tu querido muera en un accidente.  Solo cuando yo esté seguro de que está sepultado, te dejaré vivir en paz.
La amenaza no amilanó a Charlie, pero sí a Candy.  Luego de agónicas reflexiones llegaron a la conclusión de que su encuentro y amarse era lo mejor que les había sucedido. Decidieron que en unos meses nos marcharíamos todos a vivir a Gales.  Entre tanto, serían más discretos.

Después de esa amarga pelea, el Presidente pareció calmado, y me temo que esa fue la razón por la que ellos bajaron la guardia.  Un domingo en la mañana, algo insólito sucedió. El amante despreciado se presentó sin avisar e irrumpió iracundo en la habitación de Candy.  La sorpresa lo paralizó al reconocer a Charlie, y éste aprovechó su vacilación para avanzar hacia él.  Pero su pie se enredó en el asa de la correa de Trueno, que al presentir el ataque a su amo, saltó sobre el Presidente como una tromba, y arrastró a Charlie.  Nuestro espía perdió el equilibrio, se golpeó la cabeza contra el borde de la cama y cayó al suelo redondo.  Trueno al oír los angustiosos gritos de Candy, tornó hacia Charlie, quien no daba señales de vida.  El Presidente, libre del asedio de Trueno, salió precipitado de la alcoba y se evaporó de la casa junto con sus guardaespaldas.

Siempre fuimos un trío. Inclusive, después del  accidente que acabo de relatar: una mujer derrotada, un perro anciano y cansado y un collar deslucido, de tachones opacos, faltos de vida. Claro, esa versión fue la que el mundo creyó cuando se le informó al Presidente y se publicó en los periódicos el deceso de Charlie.

En realidad, somos un alegre cuarteto. Candy es la amante de un escritor, cincuentón, de novelas de espionaje y poesía erótica, llamado Juan Carlos que habla el inglés con fuerte acento británico. Se rumora que hace ya años fue un espía.  Ella a menudo lo llama Charlie, al hacerlo su mirada se  ilumina, y ambos sonríen con aire de complicidad.  Yo sé que el diminutivo les trae algún cálido aunque borroso recuerdo.

Trueno y yo todavía dormitamos al pie de la cama de ellos, pero nunca nos volvieron a poner la correa.


PESADILLA©

por Lizette Espinosa

El eco acuoso de mis pasos retumbaba por todo el recinto, como si saliera de unos enormes altavoces, como si fuéramos miles de yoes desfilando al unísono por aquel oscuro laberinto. Podía sentir hasta en los huesos el frío húmedo que me recorría de forma progresiva, semejante al efecto de una inyección letal que invadiera mi cuerpo hasta dejarlo contraído y tembloroso.

Percibía otras presencias -sutiles, escurridizas, sombrías- que me olfateaban. A la tenue luz de la linterna que sostenía en la mano crispada pude descubrir una masa gris e informe, detenida muy cerca de mí. Fue entonces que tropecé con los ojillos brillantes que me observaban con miedo, un miedo que resultaba ínfimo comparado con el pánico del que ya yo era víctima, y que me obligó a soltarle una patada al roedor, que no dejaba de mirarme. Un grito histérico escapó de mi garganta y se reprodujo en miles de gritos desesperados que se esparcían y rebotaban contra las paredes tubulares que me envolvían…

Aquel pequeño ataque tuvo un efecto inmediato en mi repulsivo compañero de encierro; llena de alivio, percibí su cola perdiéndose a toda prisa, zigzagueando, en lo más profundo de las tinieblas, que se lo tragaron.
No sé cuánto tiempo estuve vagando, casi a ciegas, por el interior de aquel lugar maloliente. Solo sé que después de muchos pasos inciertos, con las ropas mojadas y fétidas pegándose a la piel, pude sentir, incrédula, pero llena de esperanza, los últimos rayos de un sol que tocaba mis cabellos luego de atravesar las rejas que obstruían la salida de la alcantarilla.

 

EL DORMITORIO DE MI ABUELA©

por Lizette Espinosa

Era claro y alegre como un despertar, amplio como un salón de baile, y la luz que se filtraba a través de las persianas corroídas daba a todo un ambiente de fiesta. Había unos pocos muebles, muy señoriales. La cómoda, una dama de clase, de cautivadora exquisitez a pesar de sus años; en la superficie del espejo podías apreciar algunas marcas que delataban el paso del tiempo y que no le restaban atractivo.

En uno de los extremos se alzaba el marco de bronce labrado en cuyo interior posaba mi abuelo, con traje blanco de dril y pelo engominado. El otro extremo se hallaba ocupado por un jarrón de Murano rojo, antiquísimo, donde reposaban los cadáveres de doce rosas blancas, ahora resecas y olvidadas.

La cama presidía la habitación, cubierta por un velo albo de virgen que espera a ser desposada, mientras deja entrever, como en un descuido coqueto, la tersura de sus sábanas. A los lados, dos fieles mesas de noche la escoltaban sosteniendo ramos de violetas. Un escaparate robusto dominaba con austeridad el final del recinto. Abrir sus enormes puertas era como subir el telón de un escenario en el que aguardaran su turno personajes pintorescos y un sinfín de antigüedades que ni la más fértil fantasía habría podido imaginar: las melancólicas memorias se perpetuaban en los objetos atesorados a través del tiempo.

Me llamaba especialmente la atención una cajita de música vieja y descolorida, que apenas emitía sonidos; al abrirla se podían apreciar los restos de una bailarina que debió ser muy hermosa. La gracia de sus brazos y piernas recordaban la de una gacela en pleno salto. Y un alfiletero rechoncho y lleno de condecoraciones, como un oficial retirado, se acercaba contoneándose, amenazándome con sus afiladas puntas.

Yo tenía mis rincones preferidos, que encontraba misteriosos y exóticos, y en los que solía extasiarme por largo rato, mirando a través de diminutos recipientes de vidrio de colores, que almacenaban esencias sutiles -aceites de intenso aroma y tal vez afrodisíacos añejados por el tiempo- de los que creía que conservaban aún poderes alucinantes.

En uno de esos rincones hallé antiguas peinetas de nácar a las que le faltaba algún que otro diente, y que en el pasado habrán sujetado con esfuerzo los largos cabellos crespos de la abuela. También había polveras elegantísimas, dedales de plata repujada, pañuelos de seda muy fina, un poco deshilachados, pero que conservaban intacta la suavidad de su textura.

Tantas y tantas cosas con las que me podía recrear; compañeros con los que compartir mis ratos de ocio, de sueños, de juegos… No siempre disfrutaba de esas libertades; muchas veces me sabía vigilada y censurada,  impedida de pasar demasiado tiempo entre los queridos objetos. Y por mucho que pidiera, sollozando, que se me permitiera un poco más de tiempo, debía abandonar aquel lugar, porque era tarde y había pasado muchas horas fuera… Mis padres me hacían señas imperiosas desde el interior de su marco de plata, con los ojos fijos en mí, sin palabras. Rectos, enjutos, y solemnes. Y yo sabía que tocaba regresar, por lo que sin mirar atrás para despedirme, volvía sobre mis pasos al rincón de siempre, rodeada por sábanas color de rosa y falsos muñecos de peluche, a mi hermosa cuna de papel.

METAMORFOSIS©

Por Lizette Espinosa

Todo está como ayer, sin embargo
parece que han partido muchos trenes,
que han caído diluvios,
que ha habido un cataclismo,
o han bajado del cielo luciferes
mordiendo el tiempo
cubriéndolo de hondas
cicatrices azules, marcas crueles.

Quiero correr el velo de esta hora
y ver las viejas películas silentes,
en el sillón de mi antigua adolescencia
donde las horas yacen, no se mueven.

Quiero creer que estas alas tan rotas
no son el triste anuncio de una muerte
sino la voraz metamorfosis
de lo que pudo ser, a lo que fuere.

Todo está como ayer, sin embargo…

AMANECERES©

Por Lizette Espinosa

Amaneció en Florencia,
y aún no me conoce
La Toscana.
A pesar de que sueño
que duermo entre
sus uvas y su grama.
Que su sol acaricia
y me roba la piel
untada de su magia.
Amaneció en Paris,
y Montparnasse no advierte
mis andanzas, en sus
viejos cafés habitados
por musas y palabras.
A pesar de que rezo,
en una Notre-Dame
que ignora mis plegarias.
Amaneció en el mundo,
y solo el mundo sabe
donde estaré mañana,
con mis pies suspendidos
en esa nube azul que
siempre me acompaña.

PRINCIPIO Y FIN

Por Lizette Espinosa

He atado al tiempo a mi montura
y cabalgo por la orilla de los días.
Una voz me seduce, es la mía,
y el eco se me pierde en la espesura.

El ángel guía sin fusta ni ataduras,
la brújula se ha dado por perdida,
el instante se torna en maravilla,
y soy principio y fin del día que madura.

Que la rienda sea corta y me detenga,
que no me brinde el ave la luz de su plumaje
para cegarme luego en las alturas.

Quiero que este segundo me contenga,
que el milagro se reduzca a este paraje,
donde solo me alcanzará lo que perdura.

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POEMAS Y ESCRITOS

Por Pilar Vélez

Un viento del sur me arropa©

Arremete contra mí como alazán desbocado,
me desnuda sin censura,
quiere que lo beba,
que lo hable, que lo huela y me lo coma,
y lo agasaje entre mis vísceras,
que lo libere en sus corrientes vuelto párvulo, impregnado de mi aliento.
 

No son las seis, ni las siete©

Es la hora,
el minuto exacto en que la moza se engalana,
la hora en que un lobo curioso se aligera,
un segundo que profana.
Es un año de cualquier siglo,
la hora furtiva de un tiempo pasajero,
un despojo de cielos chamuscados,
la campana enloquecida de algún pueblo.
¿Y la hora?
La hora es rara,
porque no son ni las seis ni las siete,
y yo veo la luz pisoteando en los tejados,
gallos y ranas canturreando delirantes.
Se ha encendido la farola de algún alma…
Quizás es la mía, que divaga en el ocaso.

Ahí viene…©

Con un respirar atrapado en laberintos.

Ya no es verde su oruga
ni nébula estallando.
Se le escapó el deseo.
Perdió la diablura sofocante.
Derrochó la magia.
Solo le queda la vanidad colgando de los dientes,
y un amasijo de harapos y quimeras
anudadas a sus zapatos viejos.

 

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POEMAS

Por Miguel Chillida

  Tiempo©

El tiempo me está volviendo loco,
es un estruendo de caballos galopando
por las paredes de la casa
en que nací.
El tiempo es un animal,
que anda suelto por allí
y a todos nos consume el alma.

Suele pasar entre nosotros
para luego disiparse en poemas
que hablan sobre el tiempo.

Tantos poemas que hablan de tiempo
como tiempo hay en el mundo,
porque la poesía no se acaba,
como este tiempo
que transcurre a velocidad luz
por esta agitada ciudad lluviosa,
de gente trastornada de tiempo.

Como yo, como el señor que vende el periódico,
como el que maneja el taxi,
como tu padre, como el enamorado,
como el que todo lo odia.

Cómo pasa el tiempo en este lugar,
y soy un trompo que mientras más vueltas da
se vuelve loco,
perdiendo a destiempo
el control de cada vuelta.
El tiempo me está volviendo loco.

Un poema homicida ©

Escribo un poema homicida,
en él vive cierta inspiración espartana,
en él vives tú.

Los signos de puntuación son
guerreros ávidos de batalla
que hacen libaciones al dios Marte.

Las palabras son ingeniosas
como Ulises, y a veces
tan lejanas como el Tártaro.

Escribo un poema homicida
que se embriaga
en la taberna.

Las imágenes son cuadros
de El Bosco,
abundan en seres de otros mundos.

Se complace de la muerte
y sus favores, como
de la vida y la locura.

Me estoy quedando solo
(aquí la alegría es un paréntesis),
estas furias me condenan.
Sólo dime si eres mi poema
Homicida.

 

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POEMAS

Por Ximena Gómez

  

PIRÓMANO©

Nació leve,
de la entraña de la noche
entre los árboles,
ascua tímida y parpadeante.
El viento del crepúsculo
quiso arrasarla,
pero se irguió, creció,
entre la maleza
y las grietas del polvo.
En vertiginosa danza
avanzó, asoló la casa,
derribó los árboles,
cubrió toda la hacienda,
devoró con ardor
la tierra fértil.
Ella le entregó, dócil,
sus jugos, su simiente.
El predio y la llanura
se rindieron ante sus ávidas fauces.
Al otro lado del río,
ebrio de risa y de aguardiente,
el que botó la cerilla, en su caballo, 
otea en el horizonte
el reflejo de la hoguera.
 

LA CASA ©

La casa,
Blanca, en la ladera de la colina,
etérea,
como suspendida en el aire.
La casa,
las estancias ruinosas
con espejos sin azogue
donde no podía mirarme.
La casa,
el sendero de salida
sobre la pendiente
era tan incierto
como el trazo de un soplo
en el aire.
La casa. Vientre.
Estaba atada a esa entraña.
Salir de ella
era un salto a la muerte.
La casa,
la que una vez nos dejaste, padre.
 

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Un comentario en “Publicaciones

  1. Tu Nombre

    Cada calle que cruzo va diciendo tu nombre.
    Cada estrella que miro me luce solitaria.
    Igual que mi bandera: estrella que no brilla,
    que se lleno de manchas, negras, rojas,
    a p a t r i d a s!!!!
    Cada calle que cruzo va diciendo tu nombre
    quizas porque tu nombre se grabo en mi memoria,
    y esta en cada palabra que pronuncian los hombres
    y es el nombre que llevo para contar mi historia!

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